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El calor de tu mano
No hay quejido más
desgarrador que el lamento silencioso de un animal que
sufre. No hay tristeza más profunda que la de
un animal abandonado en una cuneta. No hay mirada más
suplicante que la de un animal que va a morir.
Todos y cada uno de los días
del año los animales sufren la inmisericorde
mano del hombre. En cualquier calle de nuestras ciudades
aparecen enjaulados tras un escaparate. Las macabras
escenas de su maltrato son cotidianas en los telediarios
y perpetuas en Internet. En cualquiera de nuestros mercados
se amontonan sus cadáveres como mero producto
de consumo.
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¿Qué más tienen que
demostrar para conmover nuestros corazones? Porque son un
ejemplo de fidelidad, de generosidad, de paciencia, de mil
y una virtudes, deberíamos amarlos y respetarlos. Pero
sobre todo, tienen derecho a la vida y a la libertad.
Demostrado queda que una dieta vegetariana
sería mucho más saludable para nosotros y para
el medio ambiente. Según el último informe de
la FAO la producción intensiva de ganado es responsable
de más gases de cambio climático que todos los
vehículos motorizados del mundo; el 70% de la deforestación
del Amazonas y el 64% de toda la lluvia ácida que produce
amoniaco. Quince de veinticuatro vastos ecosistemas globales
en declive pueden culpar al ganado. (Fuentes http://www.fao.org/newsroom/en/news/2006/1000448/index.html
y www.arkangelweb.org)
La injusticia y la desarmonía pasan
siempre factura. Una vida carente de amor no es vida. Un presente
insensible y apático carece de futuro. Por qué
nos afanamos tras la búsqueda de placeres artificiales
si no hay mayor felicidad que amar y proteger la vida.
¡Oh Padre del cielo inmenso!, protege
a tus criaturas de la sinrazón humana. Haz que el amor
que fluye en la tierra emerja en el corazón de los
hombres para que los indefensos, los desheredados, los desposeídos,
los abandonados, los que sufren, sientan el calor de tu mano.
La de muchos permanece fría y lejana.
Antonio García-Palao
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