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La Caza. Una forma de ir a la Guerra


Recientes estudios realizados por ecólogos dieron como resultado que los animales tienen un mecanismo interno para la regulación del crecimiento de la población. Ninguna especie se reproduce sin medida ni meta. La cantidad de nacimientos no se limita desde fuera, sino a través de una medida interna.

En consecuencia, la caza por este motivo no sólo es inútil, sino que es totalmente innecesaria.

El ser humano no tiene por ello que asumir el papel de un falso salteador de caminos para reemplazar a los "enemigos naturales de los animales". El solo estorba la armonía interna de la naturaleza, destroza los lazos sociales de los animales, destruye sus lugares de descanso y zonas de alimentación y desencadena migraciones de gran consideración que se encuentran fuera de su ritmo natural.

En el caso de los jabalís los cazadores apuntan primero a la hembra, que tiene en la manada un papel de líder, y la matan. Al cazador le tiene sin cuidado que con ello no sólo se interrumpa sino que se destruya la estructura social de los animales.

En el caso de las liebres, por ejemplo, el cazador da su "saludo" con una carga de perdigones que no sólo traspasan la piel de la víctima, sino que se filtran por todo el sistema nervioso que se encuentra debajo de ella. Las libres se retuercen despavoridas de dolor, gritando a menudo como niños pequeños. Entonces se acerca el orgulloso cazador y la golpea hasta matarla.

Así podría seguir, relatando, como lo hace con los corzos, gamos, perdices, pajarillos, etc.

La palabra "caza", tan terrible como es, se presenta como un eufemismo. En realidad se trata del gusto de matar. "La caza es siempre una forma de ir a la guerra", dijo el famoso poeta alemán Goethe; "Del asesinato a los animales al asesinato de los hombres hay sólo un pequeño paso", dijo el escritor ruso León Tolstoi. Y en la actualidad cada vez más personas notan que es así.


Maite Valderrama

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