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Navidad. Un regalo de Dios
a los hombres
La Navidad se ha convertido
en un barullo, en un espectáculo de la gula y
de la vanidad, del que sólo puede escapar aquel
que se ocupa de seguir a Cristo y desarrolla los valores
internos. Sólo cuando nos hagamos conscientes
de que Cristo está vivo en nuestros corazones
y que nosotros transformamos los contenidos de nuestra
vida por medio de la aplicación activa de los
Mandamientos de Dios y el Sermón de la Montaña
de Jesús,
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cambiarán también nuestras
imágenes de Navidad, que son lo mismo que nuestro mundo
de programas. Entonces también nos acordaremos del
Hijo de Dios, cuyo nacimiento como hombre es el motivo de
la fiesta de Navidad.
Cuando escucho hablar del nacimiento de
Jesús, mi corazón se alegra en el alma, pues
especialmente en el tiempo de la Navidad me doy nuevamente
cuenta de lo que supone que el Hijo de Dios dejara tras de
sí el Cielo, la gloria, la existencia divina, la paz
y a fin de cuentas al Padre eterno y también Su trono,
que está a la derecha del Padre, para encarnar en un
cuerpo humano, en un bebé.
El aceptó al igual que todos los
niños de esta Tierra, el áspero y frío
mundo terrenal, para vivir en él. Los ricos de este
mundo tienen cuartos calientes provistos de cosas valiosas.
Su vida transcurre en una sociedad de bienestar, en la que
el uno no piensa ni habla precisamente bien del otro, pero
en la que la riqueza una y otra vez tapa las muchas desavenencias
interpersonales, según la máxima: “si
tú no me haces nada, yo tampoco te hago nada a ti”.
En esta conciencia viven muchos ricos, y
viven, en la medida en que uno puede hablar de “bien”,
muy bien. Externamente uno puede permitirse todo lo imaginable,
se está “bien situado”.
Pero, ¿cómo le fue al portador
de la riqueza, al bien acomodado de los Cielos, al Hijo del
Altísimo, que vino del reino interno, en el cual todos
los seres son ricos, porque son herederos del infinito, es
decir realmente bien acomodados? Jesús vino a una familia
de carpinteros, a María y José. El no vino a
una familia terrenal acomodada, sino a hombres que por medio
de una vida consciente de Dios agradaban al Eterno, que por
medio de Su ángel les anunció la Buena Nueva.
María y José eran personas que sentían
a Dios, que llevaban en sus almas la misión que cumplieron,
de acoger entre ellos como hombre al Hijo del Altísimo.
El vino en medio de ellos, rodeados de pastores, ovejas y
otros animales que estaban en torno al lugar del nacimiento,
en el pesebre que albergó la luz de los Cielos.
A pesar de que yo en mi vida terrenal he
tenido que pasar por más de alguna privación,
estoy agradecida y contenta de no ser rica externamente. Posesiones,
poder, un prestigio de millonario, me acongojarían
ante la faz de Dios, que permitió que Su Hijo naciera
en la vulgaridad de este mundo, que confió a hombres
que sólo poseían una pequeña casita y
no tenían otra cosa para comer, que lo que José
ganaba con el trabajo de sus manos.
De la publicación gratuita: “El
Profeta. La voz de la Verdad”
Vida Universal Aptdo. 8458 – 28080 Madrid
Maite Valderrama
http://www.vida-universal.org
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