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Sólo el 20% de las Palabras de Jesús en la Biblia son creíbles


Después de todo lo que hoy día sabemos, con base en la investigación científica y en numerosos hallazgos de los últimos cien años, los redactores de los evangelios son desconocidos. Sus textos no están redactados por personas que con sus ojos y oídos fueran testigos de la vida de Jesús, con excepción tal vez del evangelio de Juan. Nadie puede afirmar que los denominados escritos apócrifos sean por tanto menos inspirados.

Todos estos escritos surgieron al final de primer siglo después de Cristo y durante el transcurso del segundo. Sus redactores informan sobre lo que sabían por referencia.

Con frecuencia no se trata de informes en el sentido histórico, sino de la presentación de la Buena Nueva tal como la entendió su respectivo autor. Sin embargo, no hay ningún texto original de ninguno de estos escritos. Sólo hay copias de anotaciones anteriores, copias que se originaron en el tiempo transcurrido entre los siglos cuarto y décimo. Son aproximadamente 1500, que a su vez difieren unas de otras en miles de pasajes.

La variedad de los textos era ya en el siglo cuarto tan grande, que el Papa Dámaso I encargó al monje Jerónimo que hiciera una compilación de textos bíblicos obligados. Jerónimo halló ya en aquel tiempo tantas versiones diferentes de los textos que sintió que se le exigía demasiado. Desesperado, escribió a su mandante papal:

“Me obligas a hacer una obra nueva de una vieja, en cierto modo a hacer las veces de árbitro entre ejemplares bíblicos, después que éstos (desde hace mucho tiempo) fueran difundidos por todo el mundo, y a decidir, donde difieren unos de otros, cuáles (de las variantes ofrecidas) coinciden con el texto griego auténtico... ¿Podrá encontrarse siquiera uno, ya sea letrado o iletrado, que en cuanto tome este volumen en sus manos y compruebe que lo que aquí lee no coincide en todo con el gusto de lo que él acogió una vez en sí, que no me califique a voz en grito de falsificador y sacrílego, porque tuve la osadía de añadir, cambiar o mejorar algunas cosas en los libros antiguos”.

Cierto que en el tiempo transcurrido desde entonces la mayoría de los teólogos se han puesto de acuerdo en un texto griego unificado; pero ¿qué le precedió? Decenios de cambios de importancia en los escritos y en la transmisión oral, de forma que el científico Herbert Braun, uno de los investigadores más conocidos en la materia del Nuevo Testamento, llega al resultado de que sólo son auténticas aproximadamente el 20% de las palabras de Jesús en la Biblia.

Una de las investigaciones más minuciosas de los últimos tiempos, llega a la siguiente constatación: “Si hoy día leemos nuestro Nuevo Testamento, tenemos en las manos una compilación de libros que autorizaron e impusieron algunos obispos cristianos de dos concilios que se celebraron más de 300 años después de la muerte de Jesús...

Esto también lo sabía el padre de la Iglesia católica Agustín, cuando explicó que él no podría confiar en la Biblia, a causa de sus numerosos errores, si la Iglesia no le diera la garantía por ella. Con ello la Biblia ya no se muestra como la palabra de Dios que nos trajo Jesús de Nazaret sino más bien como la palabra de la Iglesia. Así quedarían fuera de la Biblia muchas cosas que en ella se leen a su favor: las palabras a Pedro, como institución de una Iglesia oficial que Jesús de Nazaret jamás quiso; las palabras sobre el perdón de los pecados como una misión absolutoria para los sacerdotes; la desaparición gradual de la ley de siembra y cosecha, o el denominado mandato de bautizar, que llevó a la cristianización forzosa y al asesinato y homicidio. Los ejemplos de tales falsificaciones podrían proseguirse.

De su Libro: “La campaña de guerra de la paloma y la obra de la serpiente”


Cristian Sailer

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